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Mis orígenes:

Nací en un pequeño pueblo pampeano llamado Rojas en 1911, fui el anteúltimo hijo de una seguidilla de once hijos varones. Rojas, que después se convertiría en Capitán Olmos en varios de mis relatos, sintetizaba muchas cosas de la Argentina, era el típico próspero pueblo agrícola ganadero, poblado por una mezcla de pioneros inmigrantes y criollos. Extraño mucho la pampa, sus espacios, sus lagunas..... La pampa me ha enseñado a valorar los detalles de las cosas. En los grandes espacios, donde todo se confunde hasta la nada, son los matices los que cuentan.

Eramos pequeños burgueses, mi padre tenía un molino harinero. Los Sabato somos descendientes de italianos. Me acuerdo que la primera vez que llegué a Génova, y leí carteles con los nombres Repetto, Molinari etc., me dije – cuantos argentinos hay acá-.

Tuve una infancia moderadamente triste ya que mi madre decidió preservarnos, a mi hermano menor y a mí, para su compañía, por lo tanto mientras mis hermanos mayores andaban a caballo, nosotros estábamos en casa. Mi educación fue severa y distante. No fui amigo de mi padre. No creo en la amistad entre padres e hijos. El padre es mucho más y mucho menos que un amigo. Los padres establecen una relación jerárquica con sus hijos, y en la jerarquía no cabe la amistad. Un padre debe ser severo y justo. Creo en la jerarquía basada en la justicia que proviene del amor paternal.

Mi formación:

Estudié la primaria en mi pueblo, e hice la secundaría en La Plata, lo cual significó un desgarro ya que vivir a doscientos kilómetros del nido fue mi primer desarraigo traumático. En 1938 me doctoré en ciencias físico matemáticas por la Universidad de La Plata y en 1939 me concedieron la beca del Dr. Houssay para estudiar y trabajar en el Laboratorio Curie de París.

La ciencia:

Abandone la ciencia con carácter definitivo en 1945 para dedicarme en exclusiva a la literatura. Según se ha ido demostrando, la ciencia sirve para algunas pocas cosas superfluas. Además de darnos algunos ingenios, la técnica nos ha sumido en un mundo arruinado por la contaminación e inhumanas megalópolis que han alienado al hombre. Es decir el espíritu de la ilustración ha hecho que el hombre por fin domine las cosas, a un nivel donde es capaz de destruir su casa (la tierra) varias veces. Y esta conquista de las cosas le ha cosificado sin que se dé cuenta. Estoy en contra de la sociedad tecnológica y del hombre tecnocrático. Creo profundamente en que sí hay salvación para la humanidad, esta se encuentra irrefutablemente en el arte.

Mi evolución:

De muchacho fui anarquista, básicamente influenciado, no por los tirabombas, sino por aquellos casi santos anarco sindicalistas españoles que inundaron nuestro país. Luego me dejé tentar por el catecismo del comunismo y llegué a ser el secretario de las juventudes comunistas de Argentina. Stalin y sus procesos de Moscú me alejaron definitivamente del marxismo, y escapado de un congreso en Bruselas, huí a París donde me tope con los surrealistas que redefinieron en gran medida lo que iba a ser el Ernesto Sabato del futuro. Soy una persona triste. Todo lo he hecho con mucho sufrimiento. El sufrimiento es mucho más didáctico que la felicidad.

La política:

No me interesa la política. Sin embargo, siempre fui un luchador apoyando todo movimiento y corriente de pensamiento que profese un respeto sagrado al hombre. Creo en la democracia. Se me dice a menudo que la democracia es corrupta y putrefacta. ¿Y qué sistema no lo es?. Sin embargo en la democracia se puede denunciar y hasta castigar al corrupto. La democracia es el único sistema que permite mantener vivos y libres a quienes quieren mejorarla. Siempre fui antiperonista aunque por motivos distintos a Borges. Yo siempre he aplaudido las conquistas sociales del peronismo y he aborrecido el culto a la personalidad y cierta falta de libertades, Borges en cambio era un opositor de clase.

La reacción y la progresía:

Creo que nuestros modelos de sociedad están equivocados. Hay que volver atrás, volver a las comunas, a darle mayor protagonismo al ser humano para descosificarlo. Dicen que en las comunidades primitivas había mucha lepra, es cierto. Pero no había psiquiatras ni psicoanalistas. El hombre cosificado tiene enferma el alma y no sé que es peor. Hay que revertir, primemos nuevamente “las razones del corazón” por encima del mediocre criterio de la eficiencia y beneficio. Hay épocas en la historia en que el progreso es reaccionario, y la reacción es progresista. Estoy convencido que este es uno de ellos. 

La literatura:

Esta es la forma de arte que elegí para salvarme, bueno ahora también pinto. Si Roberto Arlt es el representante del grupo Boedo (más popular) y Borges del grupo Florida (más elitista) yo me situaría en el medio. A Borges me une un gran respeto literario ya que fue mi maestro. Luego fuimos adversarios de pensamiento y hasta coincidimos para dotar de material al libro que publicará en 1976 Orlando Barone, llamado Diálogos Borges Sabato. Lo que más nos une es nuestro mutuo amigo Adolfito Bioy.

No tengo nada que ver con el fenómeno de marketing llamado el boom latinoamericano, que dejará algunos libros memorables como “Cien años de soledad” de García Márquez. Soy anterior a ellos y me considero un solitario, casi un francotirador.

He quemado mucho más de lo que he publicado y lo que se ha salvado es debido a mi mujer Matilde, cuyos argumentos, algunas veces, sirvieron para indultar una obra de la hoguera.

Publiqué en 1945 “Uno y el Universo” un pequeño resumen de pensamientos. En 1948 salió mi primera novela “El Túnel”, en realidad se trata de un cuento largo que revela en la primera página quién es el asesino. Recuerdo que lo empecé a escribir una noche en que me quedé despierto en la estación de Zürich esperando un tren que a la mañana siguiente me llevaría a Italia. En 1951 sale “Hombres y engranajes” que es casi una continuación de Uno y el universo.

En 1961 aparece “Sobre héroes y tumbas” y más tarde en 1974 “Abaddón el exterminador”. De estas dos obras me siento particularmente orgulloso. Yo me propuse hacer algo grande, no sé si me salió. Si yo me hubiera propuesto hacer sonetos, lo mínimo que se me debería pedir es que fuesen perfectos. Es como aquel señor que tiene un jardín. Lo mínimo es que ese jardín sea prolijo, esté bien dispuesto y esté perfectamente diseñado, pues bien yo no quise el jardín; yo me propuse el Amazonas. No sé si lo logre. La novela es la forma de acercarme a entender el alma humana, donde me hago las grandes preguntas sobre el porqué de la existencia, la vida, la muerte y la existencia de dios.

Publiqué otras cosas como “Tango discusión y clave”, “Apologías y rechazos”, ”El escritor y sus fantasmas”, y “Entre la letra y la sangre”.

El acto creativo:

Para un creador el bien más precioso es el fanatismo de su propósito, nada debe anteponerse a su creación, debe sacrificarlo todo a ella. Sin ese fanatismo no se puede hacer nada importante.

La búsqueda: 

Soy un romántico clásico, más no un romantisista cursi. Prefiero el corazón a la cabeza. 

Ahora veo poco y pinto mucho, además estoy dictando algo muy embrionario que se llamará, si no se crema, “Antes del fin”.

Soy religioso desde el punto de vista de una búsqueda metafísica, me inquieto constantemente sobre el problema fundamental de la condición humana, y este hecho en si es religioso. Me importa el amor, que es una palabra amplia. El amor es fundamental. Sin amor nada vale. Ni siquiera la muerte que está antitéticamente pegada a la vida, vale nada sin amor. Los sentimientos en definitiva son lo más importante. No hay nada de lo racional que sea fundamental en el hombre.

Sergio Sachnovsky Raevsky

Argentino-ruso-español. Economista. Experto en política internacional.